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Hacia una atención a las personas mayores libre de sujeciones

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Nacho Orbea
Fisioterapeuta
IMQ Igurco Zorrozgoiti

Hace unos años era corriente, al entrar en el salón de una residencia, ver a varias de las personas que vivían allí permanecer atadas a sus asientos. Afortunadamente, con el paso del tiempo esta imagen se está volviendo cada vez más sorprendente e improbable.

Una sujeción física es una intervención terapéutica destinada a privar a una persona total o parcialmente de la libertad de movimientos mediante la aplicación de dispositivos restrictivos o inmovilizadores. También existen otro tipo de sujeciones, las conocidas como químicas o farmacológicas, que son aplicadas con la misma finalidad. Obviamente, este tipo de procedimientos implica un importante e interesante debate, ya que afecta directamente a la libertad del individuo, además de a la dignidad y la autoestima de este, siendo personas que en muchas ocasiones tienen afectada la capacidad de toma de decisiones.

La razón principal por la que se decide utilizar este tipo de medidas en el ámbito residencial es minimizar el riesgo de sufrir una caída, a pesar de que existen varias investigaciones científicas que rebaten esta práctica, poniendo de relieve la pérdida de capacidad funcional que implica mantener a una persona inmovilizada y, por lo tanto, el aumento del riesgo de caída que supone, siendo en el fondo una medida contradictoria en sí misma. En estos estudios también se resalta el aumento de la prevalencia de las úlceras por presión, el riesgo de desnutrición y el incremento de los trastornos de conducta entre los pacientes sujetos.

Dentro del contexto de promoción de la autonomía y en base al conocimiento actual, el objetivo debería enfocarse hacia la no utilización de sujeciones con personas mayores o, en todo caso, que el uso de estas fuese algo absolutamente excepcional, de último recurso y corta duración.

No se conseguirá esta meta sin la concienciación e integración de este concepto en todos los actores implicados en este proceso; desde la propia persona y sus familiares, así como desde el primer hasta el último trabajador del centro residencial. Las adaptaciones del entorno y la adecuación del mismo son fundamentales para poder poner en marcha este cambio de paradigma.

Para lograr estos objetivos, dirigidos hacia un trato digno, es imprescindible conocer en profundidad la realidad y preferencias de las personas que viven en el centro, siendo capaces de identificar las causas o motivaciones que pueden llevar a una persona a tomar decisiones y realizar acciones como puede ser, por ejemplo, desarrollar una conducta motora sin finalidad u otros síntomas psicológicos y conductuales que aumentan el riesgo de caída, siendo capaces de prever y poner solución a las mismas, incluso antes de que sucedan, mediante la observación continuada del comportamiento de la persona usuaria.

Se precisa el conocimiento, la imaginación y el trabajo de todo el equipo de personas implicadas en el cuidado, ideando nuevas y creativas soluciones a problemas que antes se solventaban con una sujeción. Acompañando a estas soluciones innovadoras, se encuentran la constancia y la paciencia para volver a intentar una nueva medida si las tomadas hasta entonces no funcionan con una determinada persona. Todo lo anterior puede contribuir eficazmente a lograr el éxito en la mayoría de los casos.

Puede que atar a una persona mayor a una cama o a una silla nos dé la sensación de que le estamos protegiendo, pero si nos paramos un segundo a analizar la situación, tomar perspectiva y empatizar con esta persona, nos daremos cuenta de que no querríamos estar en su lugar. ¡Liberemos a las personas mayores!

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